
No acostumbro a andar ventilando en espacios virtuales mi vida o parte
de ella. No lo considero necesario (tengo muy claro algunos conceptos
sobre esto) y uno debe guiar su vida por otros senderos reales entre
gente que ama y sabe de su lealtad y compromiso, o de su entrañable
amistad. En cuanto a mis trabajos, no voy a decir que mis intentos casi
poéticos no tengan alguna inspiración por imaginación hacia ciertos
hechos y personas que amo, pero son casos que se afrontan desde la
escritura para fomentar lazos y encontrar similitudes de hechos de mi
vida con otras vidas. Pero aquí con éste relato, escribo parte de mi
vida en los años 50 y 60 cuando era un niño y entraba en el mundo de los
mayores con la ingenuidad latente y la inocencia de creerme, que el
mundo era tal cual lo veíamos, sin saber que bajo esa apariencia se
mueven miles de verdades y mentiras que forjan a las personas. Sé que es
un poco largo para el estilo blog de leer rápido (al paso)
característico de sus integrantes (me incluyo por supuesto) para visitar
muchos blogs...en fin...pero si disponen de 9 minutos y 24 segundos
aproximadamente de su vida los dejo con este entrañable momento de mi
vida..al menos para mí. Gracias por vuestra receptividad. Dejo
constancia del empujón que hace tiempo me dio Taty Cascada una chica
chilena (Hoy alejada de los blogs..pero un día después o sea hoy lunes 3 de setiembre HA PUBLICADO!! alegría por el regreso) quien me dijo que ese relato tenía
cierto interés para ser publicado. Estés dónde estés amiga Taty..
gracias..y ya ves una vez, le hice caso a alguien...jaja.
Un abrazo a
todos desde el sur.
En la última esquina del pueblo: un lugar. El peor lugar para
un comercio. Si uno se paraba en la mitad de la Rua Uruguai del lado
brasileño o en la Avenida Brasil si se paraba del lado uruguayo,
grandes comercios fronterizos parecían que atraparían a los
excursionistas incautos, y no tanto, que por miles pululaban en busca de
su bagayo diario. Era lo que uno suponía si empleaba la lógica, pero
los negocios como la lógica son falibles, después de un día, o medio
día, se comprobaba que aquel negocio decir que estaba mal ubicado era
una ilusión óptica. Su amplia explanada se poblaba de automóviles,
armatostes de los 40 y 50 movidos por una docena de cilindros, y
coches de excursión, llamados bañaderas, que nadie sabía como habían
osado llegar hasta allí y que uno tras otro iban arribando y saliendo
dejando sus marcas de polvo en el aire en forma continua, envolviendo
esa parte del pueblo en una densa nube sepia constante.
Todo parecía
igual que ayer. Otro día más de trabajo esperando el fin de semana para
disfrutar en La Barra. El sol veraniego con su promesa de calor,
comenzaba a entrar por las altas banderolas que daban al este, ubicadas
en el medio del edificio, y sus reflejos revivían bandejas plateadas,
ollas a presión, juegos de agua, juegos de cubiertos, jarrones
esmaltados, termos brillantes, juguetes, artes de pesca, dispuestos en
grandes vitrinas en la amplia nave del local, a veces disimulando las
finas columnas de hierro que sostenían el techo. Detrás de los viejos y
anchos mostradores de lapacho gastado, los empleados en sus puestos,
confundidos en su quietud con las cosas inanimadas, prontos para empezar
la jornada. Tras ellos estanterías que llegaban hasta el techo
abarrotadas de mercadería. Se mezclaban, con sus olores y con sus formas
de presentación, el café, el cacao, el aceite de oliva, los dulces, los
licores mmm la "Para ti", las sardinas, la yerba, los jabones, el
bacalao. Allí se concentraba el olor a aliento de bodega, con efluvios
de jabones y perfumes; el hediondo vaho de la salmuera del bacalao, con
el aroma a café y al cacao; la rústica aspereza de la yerba, con las
especies donde la nuez moscada apretaba la garganta... y de repente,
entre todos esos olores, olor a pólvora de las miles de “bombas
brasileras”, que dormían inofensivas en la boca ancha de las bolsas de
arpillera.
Alguien rompía aquella tensa espera de minutos, era mi
padre, el viejo Prudencio, que inquieto dejaba palabras y risas en algún
rincón. Cajas registradoras dispuestas en aquellos mostradores en “u”
eran manejadas por los hijos de Samuel. Había una que no arrancaba la
jornada, a alguien le tocaba el turno para pegarse a las sábanas un
ratito más. Se perdería una jornada para el cambio que querían hacer de
motos y autos viejos por cero kilómetros. Se trataba, en una singular
competencia, de ser el primero en reunir el valor de un cero kilómetro
en el mercado brasilero juntando, en unos bollones inmensos, monedas
uruguayas de 25 y 50 centésimos recién salidas a circulación, aquellas
de níquel que en una cara tenían el escudo rodeado de 19 estrellas y en
la otra la esfinge de Artigas y debajo “1960”. Amadeo Brundo se
encargaría de transformarlas en Cruceiros.
Aquella mañana me
encontraba cerca de la puerta que daba a los fondos. A mi derecha en
media “u” de mostrador la venta de comestible, atendida por una
veintena de empleados entre muchos Mauricio, Landeco, Volney, Evanil, El
Pacho y a mi izquierda la otra media “u” la venta de perfumería y
tienda atendida por otro tanto: entre ellos Amalia, Altez, Norma,
Gaudencio. Al frente la gran nave principal llena de vitrinas a cargo de
Cotó.
Samuel acomodándose su clásica boina oscura, negra o azul, al
estilo de los Boinas Verdes, o del Che — el imitar está en la esencia
del Hombre—, y tomando el último mate de manos del Tuco, daba las
últimas indicaciones: señalaba cifras en clave que servían para remarcar
mercadería en el último instante; recorría las instalaciones; saludaba
uno por uno a sus empleados, y por fin, se ubicaba en la puerta de la
ochava, la que le daba un amplio panorama de la “Internacional” del
Chuy, donde se encontraba su mayor competencia, que en la realidad no
competían, porque no tenían capacidad para superar las ofertas de su
astucia.
Afuera la brisa despejaba las últimas brumas del amanecer,
los autos las camionetas y los coches de excursión correteando sobre
adoquines llenos de arenisca muy fina, levantaban una densa polvareda,
que desaparecía más rápido o menos rápido según la intensidad del
viento, estacionando finalmente en la amplia explanada frente al
comercio.
Cuando llegaba la plateada ONDA, traída por la polvorienta
Ruta 9 por un mofletudo y sudoroso conductor, el inefable Spadoni, se
abrían las puertas, y algo increíble sucedía: decenas de personas
atropellaban por el interior, ubicaban a un Samuel que había cambiado su
rostro impasible, que parecía no hacerle favores a nadie, por una gesto
de simpatía. Lo rodeaban pidiéndoles cosas, y él entregaba pequeños
recuerdos: banderines con su estampa clásica, lápices con su busto
flanqueado por las banderas de Brasil y Uruguay, un pin de forma de
diminuto escudo, con “CASA SAMUEL CHUY”, franjeado en rojo, azul y
blanco para usar en el ojal del saco. El ególatra en su mayor esplendor,
el marketing casero en su apogeo, la autopromoción en el súmmum. Cuando
se le terminaban las pequeñas atenciones, nos hacía seña entre manos
levantadas y allí íbamos nosotros, los más chicos, al rescate. Grandes
bollones de vidrios cuadrados de boca ancha redonda, llenos de maní
acaramelado, ticholos, “balas” o rapaduras calmaban el ambiente. En el
periodo de compra daba indicaciones a sus empleados, y cuando alguien
pedía una rebaja, intercambiaba con su empleado-interlocutor letras en
lugar de números, y casi siempre recibía el agradecimiento de lo
clientes. Después de las compras, cuando los viajeros se retiraban,
Samuel en la puerta, a quien ya le habían señalado de antemano quien
había hecho los mejores importes, pedía obsequios que le alcanzábamos.
Hacía diferencia con los viajeros, los mejores regalos para los mejores
compradores, no sólo para los de aquel día, él no se olvidaba de los
visitantes habituales, de los clientes con poder adquisitivo, que lo
demostraban con sus poderosos autos, sobretodo tenía especial atención a
los argentinos, potenciales compradores de terrenos playeros, que por
una bicoca había comprado miles de hectáreas como yermo raso que hizo
lotear, cerca de La Barra, y que de a poco iba vendiendo. Quería
transformar aquel desierto en un balneario llamado Puimayen.
Algunos
viendo que no se llevarían, aparte del sombrero o del bolso, una toalla
imperdible, o alguna Pirex promocionada como irrompible, regresaban a
comprar más cosas. Otros a pesar de mostrar valores por grandes compras
que arriesgarían al pasar por la aduana, Samuel imperturbable desoía sus
ruegos, si se ponían caprichosos le recordaba, con enorme despliegue de
detalles, que tal día, en tal excursión, habían comprado en otro
comercio: Brasilia, Estrella o cualquier otro, y no en el suyo. Algunos
le prometían que no volverían nunca más. Se sonreía y les ofrecía
retirarse, sin grandes gestos, solamente con la mirada que, al mismo
tiempo, se perdía en la gran avenida buscando detalles que sólo él
descifraba. De pronto giraba sobre sí mismo, y con un solo gesto reunía
gran cantidad de empleados en la parte más cerca del mostrador de la
puerta de la ochava. Un grupo de excursionistas entraba, y Samuel
parecía ignorarlos. Dirigiéndose a sus muy próximos empleados les
arenga, mientras parece caminar sin rumbo fijo: “Hay azúcar” “Nooo” —le
respondían a coro. “Hay yerba”: “Noooooooo” —resonaba la misma
respuesta. Cada vez que mencionaba un producto el coro respondía. Algo
había “visto”, en aquellos viajantes que ni siquiera quería venderle lo
más corriente. Y nadie sabía explicar aquella determinación, de singular
antipatía que, sin embargo, lo único que provocaba era que los viajeros
salieran, con la fiebre de frontera, por otra puerta apresuradamente.
Contrabandistas hormigas de poca monta que no le interesaban al
extranjero venido de tierras extrañas, así como a ellos tampoco le
interesaba perder tiempo en aquel lugar. Ya lo conocían y el intento
valía la pena, porque de tanto en tanto, y aquel no era un día adecuado
—cuando los vaivenes comerciales lo indicaban—, podían comprar toda el
azúcar, la yerba, la fariña que quisieran y, por supuesto, con los
precios más bajos del Chuy, y de toda la frontera uruguaya.
Al llegar
al mediodía la rutina se quedaba entre los ticholos, las goaibadas,
ananás y sardinas enlatadas, que era lo mismo decir Abacaxi y Coqueiro.
Todos abandonábamos el local. Se cerraban las cajas y nosotros nos
íbamos hacia los fondos, a las habitaciones amplias donde tía Dominga
nos esperaba con la mesa pronta para servir la comida.
Instantes
antes de llegarme la noticia por primera vez, me encontraba sentado en
uno de los grandes sillones del estar leyendo alguna aventura de Roy
Rogers, Gene Autry o el Llanero Solitario. No me gustaba sentarme solo
en la gran mesa del comedor. Me llamó la atención que pasaban los
minutos y nadie se acercaba. En el exterior noté movimientos
infrecuentes y todos caminaban alrededor de la casa, como buscando algo.
Salí al patio y pregunté. Alguien me respondió que el Wagner, uno de
los cajeros de aquella mañana, había perdido quinientos pesos uruguayos a
la salida del comercio. No sabía por qué puerta había salido pero todos
buscaban entre la casa y el comercio, vereda con un espacio enjardinado
contra las paredes, que no tendría más de cinco metros de separación y
como veinte metros de largo. Tampoco tenía noción de la magnitud de la
pérdida, tenía apenas diez años de edad, pero sabía que era una gran
cantidad y en un solo billete. Todos buscando, finalmente, no apareció.
El
sitio era castigado por un viento sur pertinaz, que parecía nacido para
aquel lugar, un corredor que terminaba cerca de la salida del comercio
en un techado donde había mercadería perecedera. Cuando todos dejaron de
buscar, y se caía la tarde, volví al lugar. Pensaba que aquel esquivo
billete había volado hacia los fondos, sorteando al aljibe que el viento
sobre el brocal le bamboleaba el balde de latón; a la montaña de cajas
vacías que de tanto en tanto se desparramaban; al edificio sin puertas
ni ventanas del generador eléctrico que dormía como un gigante sostenido
por grandes correas; y finalmente traspasó —seguía pensando— el
alambrado y se metió en la quinta de choclos y zapallos. Recorrí tantas
veces como me dio la tarde cada rincón. Me metí entre canteros de
maizales, de girasoles, y cuando quise acordar, me encontraba ante un
basto campo verde que se abría a mi frente. Mi vista se perdía entre
ondulaciones, un cañadón y en un monte lejano, cortado por una
carretera que se internaba en el Brasil marcada por un diminuto camión
—lo creía un juguete por la enorme distancia que me separaba—, y venía
rumbo al Chuy con una nube dorada detrás. Parecía llegar de las entrañas
agrestes de un país gigante que me imaginaba acostado, inmenso, lleno
de grandes ciudades —Brasilia nuevecita aparecía hermosa en Manchete—,
de carnaval, de fútbol, de playas, de selvas y pantanales vírgenes. El
billete, concluí, voló internándose en el Brasil, mezclándose con el
verde, perdiéndose en lugares inaccesibles. No me animaba a ir más allá
de ese alambrado, de ese basto silencio, un silencio palpitante que no
era el de lo cercenado y yerto... Poco a poco era acompañado por nuevas
sombras, que surgían de la inmensidad, de la no existencia. Hurgaba a mi
alrededor, pero sabía íntimamente que allí terminaba la búsqueda.
Sobre
la calle proyectada, que daba al costado del comercio y de la casa, el
camión, que minutos antes había visto andando por la carretera, hacía
maniobras para estacionarse. Me encontraba en los fondos de la casa,
tapado por arbustos y maizales, pero la escena, repetida día a día, se
me representaba con todos los detalles: la maniobra con el acoplado, la
marcha atrás y adelante, el escape alto que dejaba salir bocanadas de
humo que percibía en las alturas. Todo era acentuado por los sonidos
del motor afinado pero fatigado. Cuando finalmente los frenos de aire
dejaron escapar su último suspiro de cansancio de miles de caminos, el
silencio se adueñó otra vez del lugar por unos instantes; y hasta que
no sentí que el chofer cerraba la puerta al mismo tiempo que saludaba a
alguien, no perdí la concentración. Di un rodeo y llegué hasta el
camión. Siempre me impresionaba verlos estacionados y recién llegados de
andar cientos de quilómetros, parecían cansados con un jadeo apenas
perceptible. Los recorría a lo largo y a lo ancho. Me acercaban al motor
despidiendo aun calor, y las piezas volvían a su quietud emitiendo
sonidos que solamente allí se escuchaban, sin confundirse. Adivinaba la
carga: “éste está cargado de ananá, goaiabada, castañas de cajú, latas y
más latas bajo la lona verde y polvorienta”. Jugaban los olores, los
tamaños y las formas insinuadas en algunas partes en donde apretaba la
soga. Las más fáciles de acertar eran cuando venían botellas de licores o
bebidas colas y, la más difícil, cuando la carga en grandes cajones era
de loza, telas, ropa o artículos de bazar, y solo el presentimiento,
muy poca cosa para descubrir la verdad, o por algún detalle extra, lo
vislumbraba.
Ya no le vería más. Al otro día muy temprano en la
madrugada sería vaciado y partiría en busca de otros caminos, de otras
cargas y destinos.
En plena madrugada el reloj cucu daba las tres.
Fue cuando sentí movimientos afuera y el camión que se iba. Me pareció
extraño esa salida, pero instantes después regresó. Esto me intrigó más.
Sentí los frenos descargando su aire, cortando, por última vez, la
quietud insondable de aquellos parajes. Me senté en la cama para oír
mejor; después me levanté en medio de la penumbra de la habitación.
Tendría que ir hasta el gran ventanal que daba a la calle proyectada, no
sin antes recorrer el amplio estar.
“Si alguien me viese me mandaría
dormir”. Pensaba. Tomé precauciones y salí. Miré a través de los
visillos del ventanal. Un Scania naranja bajo la azulada luz de gas a
mercurio. En el acoplado cajas bajo una lona verde, pero en el primer
tramo, había una forma extraña, ocupando poco espacio y asegurado con
lingas, que no lograba descifrar. De pronto voces, me encogí tras un
sillón de alto respaldo. Entrando en mi campo visual veo llegar al
Wagner muy animoso y risueño, hablando en portugués con el chofer. Se
dispusieron a sacar la lona. Cuando empezaron a descorrer y volaron los
soportes que camuflaban las formas, la incógnita se hizo realidad
quedando al descubierto: Un ¡FUSCA!..., y quien había llegado, con sus
monedas, al primer 0km. Modelo 60.
Prudencio Hernández (Jr) (c) 1985